Crónica salida a Toloño. 13-15 Mayo 2017

La Sierra de Toloño es un cresterío calizo que forma parte de la Sierra de Cantabria, con orientación Oeste-Este y altitudes máximas entorno a los 1200-1300 m. Se localiza a caballo entre las Comunidades Navarra, Riojana y Alavesa y supone un hito paisajístico de primer nivel por su aislamiento visual al pie de la llanura riojana.

 

Esta disposición y estructura geográfica de la Sierra, le confiere efectos claros sobre la climatología local, conformando una ladera norte  con clima atlántico y otra ladera sur con climatología continental propia de la meseta interior. De esta manera, cuando se transita por la vertiente norte de la Sierra de Toloño, nos encontraremos inmersos en un bosque caducifolio de hayas como representante genuino del ecosistema y, sin embargo, si lo hacemos por la vertiente sur, las hayas darán paso al robledal e, incluso, en las cotas más bajas de la Sierra al encinar.

La gran llanura sur que se establece a los pies de la Sierra de Toloño forma parte de la llanura de inundación del río Ebro, con suelos de alta calidad que han sido aprovechados para desarrollar una extensa agricultura de viñedos y cereal o de huertas en las márgenes más ribereñas del Ebro y sus afluentes. La gran llanura riojana termina su desarrollo topándose con las elevaciones de la Sierra de la Demanda, perfectamente visible en todo momento desde la sierra de Toloño.

Hemos elegido este mes de mayo para conocer esta sierra de Toloño  injustamente olvidada por muchos montañeros. Sin duda, no podíamos haber elegido una fecha mejor para esta primera visita, con un clima benigno, un horizonte aclarado por las recientes lluvias y una naturaleza exultante de verdes brillantes de hayas, robles, campos de cereal y los primeros sarmientos de las vides iniciando su crecimiento. Los farallones de caliza surgiendo como colosales empalizadas en medio de este concierto de colores, nos ha permitido, desde sus cumbres, comprobar lo injusto de nuestra actitud habiendo despreciado hasta ahora estas montañas.

Dos larguísimas jornadas hemos empleado en recorrer esta breve Sierra de Este a Oeste, empezando por Santa Cruz de Campezo y terminando en Labastida. Solamente hemos obviado en nuestro recorrido el tramo desde la Peña del Castillo hasta el Pico Palomares, cresta aérea que requiere de otros medios más que las simples botas de trekking que nos acompañaban. Un total de 65 km y unos 3.000 m de desnivel positivo acumulado nos ha supuesto una inmersión en un entorno  donde, encaramados a las cimas calizas, nuestra vista podía pasearse desde los hayedos alaveses a los viñedos riojanos, desde la Sierra alavesa de Izki a la riojana de la Demanda.

 

Otros más afortunados que nosotros y desde más arriba de nuestras posiciones, los buitres, aprovechaban las corrientes térmicas ascendentes provocadas por la caliza recalentada para ascender por encima de nuestras cabezas con las espirales infinitas características. Dicen que los buitres son las aves más perezosas en su vuelo, pues apenas aletean. Bien distinto a esa simple percepción humana, los buitres se constituyen en maestros del ahorro energético, siendo capaces de remontar a grandes altitudes de observación con un mínimo de gasto energético-metabólico. ¿Aprenderemos algún día de vosotros?

Como premio a nuestro deambular por esta serranía, al final de la segunda jornada nos esperaba el Pico Toloño que da nombre a la misma. Un vértice geodésico sobre una humilde cumbre rodeada de pastizales constituía nuestra última cumbre. Tras la vista de las ruinas del Santuario de Toloño, iniciábamos un vertiginoso descenso que terminaba por destrozar definitivamente nuestras piernas. Solo la llegada a un quiosco  situado en la Ermita de San Ginés, a las afueras de Labastida, nos permitía olvidarnos del cansancio mientras brindábamos por el éxito de la actividad.

 

Sin embargo, aún nos quedaba una sorpresa. Manuel, riojano participante en la actividad, a pié de su coche, nos repartía unas copas para brindar con un tinto de su pueblo a la vez que nos desentrañaba algunos de los secretos de cómo cuidar las vides.

El último día, aparte de permitirnos holgazanear entre las sábanas dos horas más que los días precedentes, nos permitió conocer una joya en Laguardia: el pórtico de Santa María de los Reyes, del S XIV, pórtico tallado en piedra policromada que nos dejó maravillados.

 

 

 

 

 

 

 

 

Acto seguido, terminamos nuestra actividad visitando la bodega de Marqués de Riscal, con el famoso edificio del arquitecto canadiense Frank Gehry: formas onduladas en las cubiertas del edificio, revestidas con placas de acero inoxidable y titanio buscando los colores plateado, oro y rosa identificativos de los productos de la bodega. ¡Qué buen final para una actividad!

 

 

 

 

 

Ya en nuestros vehículos, de regreso a Madrid, pienso en el parecido de la actividad con las que realizaban D. Francisco Giner de los Ríos en la Institución Libre de Enseñanza, donde se amalgamaban montañas, paisajes, cultura y personas. ¡Ojalá sigamos inspirados por esos vientos!

Luis Miguel Villamediana

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