Crónica Salida al macizo de Aizkorri. 18-20 Mayo 2018

Siempre me han sorprendido  los paisajes de la montaña  vasca, quizá por lo inhabitual  de nuestras latitudes. Bosques de hayas donde un lecho sempiterno  de hojas te acoge entre sus centenarios troncos retorcidos. Caliza blanquisima emergiendo  de la espesura...
Nuestro numeroso grupo discurre como una mancha serpentente multicolor sorteando hayas, engullido por una niebla mañanera , adivinando un sol incierto reticente a mostrar sus rayos. De repente, de forma abrupta, la arista caliza y un sol victorioso nos transportan a las alturas. Nos miramos, sonreímos y echamos un trago de agua. Algunos  comentarios sobre la belleza del bosque recién  transitado, alegría sin disimulo por una bonanza que permite augurar un día de montaña pleno.
La roca sustituye a la alfombra de hojas. Nuestros ojos exploran el territorio a nuestros pies con un verde exuberante salpicado de pequeños pueblos. Alcanzamos la cima del Aratz. Mismo ritual de siempre: abrazos y felicitaciones. Vivo cada cumbre como si fuese la primera. Mis abrazos con los compañeros de montaña son siempre sentidos, por haber compartido lo que me apasiona.
Volamos sobre la caliza y nos vemos engullidos de nuevo en el bosque. Praderas, regatos y señales  nos depositan en la ermita de San Adrián, erigida en una cueva más propia de ermitaños. La cueva dibuja un paisaje de ensueño que nos hace imaginar una acuarela realista. Imposible tanta belleza de golpe. Me gustaría  recordarla para poder  contemplarla cada día.
Pero somos gente inquieta, devoradora de nuevos lugares. Rápidamente nos precipitamos de nuevo al camino en busca de nuestro último  objetivo de hoy. Un sendero en altura y los paseantes que nos cruzamos nos evidencian que estamos cerca. Por fin, una pequeña construcción en lo alto de la montaña y el vacío  a nuestros pies nos dicen que hemos llegado al Aizkorri: 360 grados de vista sin límite nos proporcionan el mejor regalo del día. Alguien advierte de otras cumbres más lejos en el cresterío . Tendrán que esperar para otra ocasión.
Solo queda retomar un largo camino descendente para ir hasta Araia. Cansados y felices terminamos al pie del coche observando a unas niñas disfrutando de esta primavera soleada. Su felicidad, quizá, se  colma de forma más sencilla.
Mi cuerpo dolorido se arrebuja entre las sábanas permitiendo, por fin, que mis músculos se distiendan. Le llaman sueño rem, esos breves momentos en los que la vigilia se mezcla con la ensoñación, instantes antes de sumergirnos en el inconsciente  profundo. Me devaneo entre la realidad del día y mi propio imaginario. Mi charla con César termina en algún momento de ese tránsito cerebral.
Un sonido electrónico me devuelve a la realidad. Me precipito a la ventana y César me advierte  que la niebla es más densa que ayer. La previsión  es buena, seguramente se disipará cuando tome fuerza el sol.
Hemos cambiado nuestro plan de hoy. Una conversación  con la farmacéutica  de Arbizu, una mujer joven y dicharachera, nos ha impulsado a subir al monte Beriain, espléndida atalaya junto al pueblo.
Afrontamos las duras rampas desde Unanu con un sol que, definitivamente, se ha impuesto en un día radiante. Praderíos, bosques y por fin la roca desnuda jalonan nuestro particular vía Crucis a las alturas. Los vascos y navarros son gente caminante, que adoran sus montañas y no desaprovechar un día como el de hoy. Beriain (también  San Donato) hoy está al completo. Caminantes solitarios, pequeños grupos, corredores, ciclistas,..., todos estamos ahí.
La roca de los últimos metros finaliza de forma inusual en una pradera que conforma la parte alta de la Sierra de Andía. Momentos antes de la cumbre nos espera la sorpresa del dia: la pradera se corta de forma abrupta en un tajo colosal conformando dos proas de barco enfrentadas y separadas por un abismo. La fotografía no se hace esperar, consiguiendo una imagen en la que comprobamos, de nuevo,  nuestra insignificancia y fragilidad en este medio en el que nos movemos. La imagen, indefectiblemente, me hace recordar el famoso Púlpito noruego.

Dos buitres planeando bajo nosotros nos permiten hacernos conscientes del espacio que tenemos delante. Me descubro susurrando a mi mismo:¡Quiero ir con vosotros! Cierro los ojos reteniendo  la imagen, y planeo por encima de Andía. Mis amigos quedan abajo, cada vez más pequeños. La Sierra adquiere ahora la forma de un enorme barco surcando un mar verde con pequeños pueblos. Me dejo acariciar por la brisa. El sol, calentando el aire, me eleva sin esfuerzo. Ingravidez aparente. El tumulto de la cumbre acaba con mi vuelo. Hoy no es día de silencio en la montaña.
Nos precipitados pendiente abajo sumidos en una conversación  sobre los genes vascos. Curioso final. La montaña  da para mucho, sobre todo por las personas  que te acompañan en ella.
Suenan las campanas de Unanu cuando llegamos a nuestro origen. Para que nuestra despedida resulte menos amarga, nos decidimos a comprar un queso idiazabal en una quesería del pueblo. Quizá, cuando lo probemos, podremos recordar estos momentos, estos amigos...
Me sumerjo  en el sopor del viaje de regreso. Bosques, rocas , buitres y risas me mecen en un sueño  que deseo no termine.
Un final siempre conlleva un principio.
Luis Miguel Villamediana, 

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