AURRULAQUE 2017

Ángel Pablo Corral

El pasado sábado 8 de julio tuvo lugar esta imprescindible cita anual guadarrameña y guadarramista llamada “Aurrulaque”, ese “acto sustancial de unión alrededor de lo que necesita el Guadarrama”, como lo ha definido Martínez de Pisón. Organizado e impulsado como cada año por Antonio Guerrero y Antonio Sáenz de Miera, en esta ocasión tuvo como figura invitada a Juanjo Zorrilla, alpinista, periodista y escritor, muy vinculado durante años a Peñalara, y como tesis, “Enrique de Mesa, el poeta del Guadarrama”. Intervinieron Antonio Sáenz de Miera, Juan Vielva y Julio Vías, antes de que Juanjo Zorrilla disertara, en profundidad y con detalle minucioso -como es de esperar en un hombre de su talla- acerca de Guadarrama y de la figura y la obra de Enrique de Mesa. Tras Zorrilla, cerraron el acto con unas breves palabras Jesús Ventas, Teniente de Alcalde del Ayuntamiento de Cercedilla y Pablo Sanjuanbenito, Codirector del Parque Nacional de Guadarrama.

Ofrecemos aquí el texto íntegro leído por Juanjo Zorrilla:

 

Paisajes y gentes en el poeta

Enrique de Mesa y la futura guadarramía

Ante todo, desearía agradecer el presunto error de invitarme a compartir este manifiesto del ni más ni menos trigésimo quinto Aurrulaque (si la leyenda es cierta) a sus proeles —Antonio, Julio, los dos Pedro, Pablo, Eduardo y otros apasionados guadarramistas— y, sobre todo, a su timonel, Antonio Sáenz de Miera. Asimismo, la presencia a las autoridades que nos acompañan.

No creo que sea la ocasión de firmar una semblanza de Enrique de Mesa, poeta no diré que injustamente ponderado porque no creo que sea así. El Guadarrama prácticamente goza de cobertura y todos ustedes pueden consultar ahora mismo Wikipedia o Google.

¿Enrique de Mesa es una gavilla de versos antañones, o una poesía que nos sirve para afrontar el futuro? ¿Es el ayer, el presente, o el porvenir?

Hay varios Mesa, como el afanado en el castellanismo (igual que Lorca pocos años después con el andalucismo y gitanismo) o, en menor medida, con escasas incursiones en el territorio amoroso, existencial o en lo político y social. Pero nos vamos a centrar en cuatro libros, los exclusivamente serranos, las cuatro patas de la mesa del Mesa guadarrameño: Andanzas serranas, Cancionero castellano, El silencio de la Cartuja y La posada y el camino.

En sus lances montañeros nunca veremos a nuestro poeta por cimas que no sean las mágicas guadarramágicas, al menos que se haya encontrado constancia. Tampoco con cuerdas de cáñamo de Manila y alpargatas de esparto, puesto que no fue escalador. Ni con esquís ni con piolet, que se sepa, veremos a Mesa. A toda trocha y sin trocha, que no a troche moche, sí. A la mesa, a Mesa también.

Paisajes de ayer y hoy

¿Nos entregaron Mesa y sus coétaneos el mismo Guadarrama que recibieron? Prácticamente sí. ¿Es nuestro Guadarrama el que heredamos de Mesa? ¿Nos llenan los ojos las mismas cumbres y puertos? Ni muchísimo menos. ¿Legarán nuestros nietos a los suyos el mismo que contemplamos y respiramos ahora? Está en nuestra mano en gran parte, y a muchos de los presentes nos gustaría añadir que incluso más virginal si cabe. Y, última pregunta: ¿merece la pena que sea así? Sí. Creo que sí. Rotundamente sí.

¿Qué Guadarrama se encontró Mesa cuando arriba a las puertas del monasterio semiarruinado del Paular en septiembre de 1902 con cuatro amigos de El Ateneo?

Vamos con versos, una serranilla del Cancionero castellano.

«¿Por qué corriendo te quejas,

arroyo de Garcisancho,

si en tu correr rumoroso

nada te detiene el paso?

 

Si, desde las cumbre, libre

ruedas por el monte abajo,

tus puros, limpios cristales

entre las piedras quebrando.

 

Si al cruzar por entre pinos,

de grata sombra al regalo,

das al perfume del aire

la armonía de tu canto.

 

Si con tus ondas socavas

la dureza de los canchos,

y de blanca espuma nievas

la verdura de los prados.

 

¿Por qué no desgranas risas

rompiéndote entre guijarros?

¿Por qué corriendo te quejas,

arroyo de Garcisancho?»

 

¿Cómo se encuentra Mesa Navafría, otro paraje por muchos de nosotros conocido? Lo menciona en dos poemas. El primero, del Cancionero castellano:

«Camino de Navafría

sube alegre la serrana,

golosa fruta temprana

gala de la serranía.

 

Cruza el denso robledal

de la pendiente ladera.

¿Adónde va, mañanera,

la alondra del pegujal?

 

¿Cómo tan sola se atreve

a internarse en la vereda,

si aún luce al sol la roqueda

su blanca toca de nieve,

 

y dice un pastor que hogaño,

encanecido el abril,

llega el lobo hasta el redil

y hace presa en el rebaño?»

 

El segundo está en El silencio de la Cartuja:

«Hoy miércoles ha llegado

para el relevo el pastor.

el puerto de Navafría

con el alba tramontó.

(…)

Y hacia el hato se encamina

que le aguarda en el alcor,

con su ganado, su choza

y su mastín retozón».

 

¿Nos vamos haciendo una idea de cómo pinta el Guadarrama entonces?…

La laguna de los Pájaros es uno de los enclaves más sugerentes del guadarramágico Guadarrama, con mayor, más íntimo sentir enigmático. Mesa en Andanzas serranas así la glosa en 1908: «Remontamos el nevero. La laguna nos sorprende tras el último pedregal. Es una sonrisa que endulza el ceño grave de los canchos negruzcos. Al amparo del crestón de Peñalara serena sus ondas, que aún se nutren de la nieve guarecida en las hendeduras de las rocas. Orla sus orillas una faja de suavísimo césped. Violetas menudas lo esmaltan».

Ahora, la reina, Peñalara, o su nevero, uno u otra «encinta de flor», en Se torna el cielo nevoso, de 1910 y del Cancionero castellano.

«Hijo del agrio canchal,

donde en regazo de nieve

su alada voz de cristal

nace susurrante y leve,

 

un regato de agua clara,

juguetón y saltarín,

baja desde Peñalara

cantando a Majarrocín.

(…)

¡Quién creyera que el nevero,

ya cristal murmurador,

con las canas de su enero

estaba encinta de flor!

(…)

Regato de Peñalara:

cuando tu nieve fundida

es, monte abajo, agua clara,

nuncio de la nueva vida».

 

Precisamente el capítulo dedicado a Peñalara abre las prosas de Andanzas serranas, libro que Mesa ordenó «en elogio de la Sierra, de la cual es muy enamorado», como se declara:

«El último pino, señero y audaz, arraiga entre los canchos, abatido el tronco y retorcidas las ramas al peso del nevazo; la vereda atraviesa un retamar en flor; luego ondula entre piornos y bordea las pedrizas talladas en las escarpas.

Ya estáis en la cumbre. En las torrenteras se ha extinguido la canción del agua. Es el cuerpo todo un latido, y echados de bruces sobre la tierra, veis que, tras la vibración del aire, el paisaje tiene extraño temblor. Fronteras del picacho aún refulgen con albura de nieve las Cabezas de Hierro, y en descenso suave, la dentellada cumbre de La Maliciosa muerde el azul del cielo, límpido esplendoroso.

Si encontráis un cabrero, quizá os cuente la historia de la laguna. Mejor será que gustéis de la frescura de sus ondas».

Dejando aparte que desde Peñalara no se ve La Maliciosa, en la actualidad ni la menudean cabreros ni se nos permite siquiera acercarnos a la orilla, y eso que Mesa gustaba «la dicha de hender el cristal de aquellas aguas, alegría de la tierra, espejo del cielo» (Andanzas serranas). Así que bajamos de cumbres y puertos con El silencio de la Cartuja bien a mano:

«En las montañas refulgen

las ondulantes hogueras

de pastores, que, al socaire

de los canchos, majadean.

 

Verdinegro en los remansos

donde las aguas se aquietan,

el Lozoya sus cristales

en los cascajares quiebra».

 

¿Cómo estaba El Paular, joya religiosa de la serranía? La Granja, Riofrío y El Escorial —patrimonio de la humanidad este— serían las alhajas palaciegas; sin embargo, Mesa las huye, no, ni las nombra. Ya lo avanzo, bastante peor que hogaño, por emplear este arcaísmo tan cercano a Mesa. Entonces era una hospedería decrépita y romántica, donde se alojaban o veraneaban ilustres nombres de la cultura española: Mesa, Vega, Baroja, Menéndez Pidal con su familia… Comienza Mesa El silencio de la Cartuja reproduciendo estos párrafos que publicara años antes en Andanzas serranas —que justa pero inusitadamente dedica «a las benditas piedras viejas de la Cartuja del Paular» en vez de a un amigo o familiar, como es costumbre—:

«En la fragosa entraña de la sierra vecina hay un rincón apacible, de soledad y de ventura. Fue un tiempo retiro de monarcas, lugar de clausura y de rezo. Hoy está abandonado. Donde se oyeron preces y cantos de frailes, ahora solo se escuchan las perdurables, viejas canciones del agua y del viento.

¡Lugar bendito! Las cigüeñas no lo olvidan. Tornan todas las primaveras. Cuando llega el estío, correteos y risas de chicos alegran su silencio».

 

Y ahora en los versos de El silencio de la cartuja; el último testimonia el incendio del campanario de junio de 1909 que lo dejó mocho, aquella torre rota que por años sirviera de motivo a tantos emblemas y escudos de la sociedad montañera Peñalara-Los Doce Amigos, de la que era miembro fundador Enrique de Mesa:

«Ceñidos de verdor los muros grises,

riberas del Lozoya,

en el silencio de la tarde quieta

se alza el vetusto monasterio en sombra.

Sin bronces ya, las claras lenguas vivas

que sonaron los rezos y las horas;

sin capitel, vencido de los años,

el roto andrajo de su torre mocha».

 

¿Y frecuentaba La Pedriza? No lo creo: Mesa era boscófilo, canchalero y cumbreño, más que de tolmera, risquera y cantizal. Más de tolla que de secarral. Apenas le dedica una línea, eso sí, en un poemita muy bello:

«¿Adónde vais, los cabreros,

monte abajo por la agreste

loma de los Bailanderos?

 

—Caminamos al hocino,

porque en la sierra, señor,

la nieve ciega el camino.

 

Trajo abril ventisca y hielo;

hambre para la llanura;

para los pastores, duelo;

 

que la rezaga inverniza

echó a los hatos el lobo

del canchal de la Pedriza.

 

Y hoy habemos de ganar,

antes que la noche cierre,

las cercas del Colmenar».

 

Hagamos en este instante una brevísima relación de dislates, los que no se encontró nuestro Mesa; aunque para los partidarios del crecimiento que llaman sostenible serán peccata minuta. A saber: estaciones de esquí de Navacerrada y Valdesquí con sus correspondientes aparcamientos en su base, complejos urbanísticos en el puerto de Navacerrada, ajardinamiento y demás obras en el puerto antaño del Lozoya o del Paular y hoy de Cotos, repetidores del Alto de las Guarramillas —conocido como Bola del Mundo— con su carreterita, el Valle de los Caídos, el ferrocarril eléctrico (inaugurado en 1923, en vida de Enrique de Mesa pues), o, se me ocurre, la perpetuación de pasarelas y cableados —efímeros en su concepción reciente— hacia y alrededor del joyel del parque natural de la Cumbre, el Circo y las Lagunas de Peñalara: la Laguna Grande. Hitos, jalones, cruces, lápidas, placas conmemorativas, miradores, trincheras y casamatas, fuentes, pistas, refugios, resguardos para guardas, somieres en los vallados con alambreras roídas como paradigma del reciclado, marquitas rojas y blancas y amarillas con sus respectivos postes señalizados de madera imputrescible y demás parafernalia.

En opinión de muchos, un catálogo de despropósitos, maravillosamente espectaculares para otros, supongo… ideales para un jardín montañoso, un parque de atracciones montano y un polideportivo cumbreño; pero no tanto para unas montañas, por muy humildes que sean estas carpetanas. Aunque nos hayamos acostumbrado a ellos.

Y cuidado, cuidado, o antes de que nos demos cuenta gozaremos con ferratas y nuevos artilugios de la poderosa inventiva desarrollista.

Sin embargo, una nutrida red abierta de transporte público en el Guadarrama —vía tren o autobús desde ambas vertientes, sobre todo la madrileña por la afluencia— estará sobre la mesa muy en breve. Al igual que la diversificación de accesos, para que no todos pasemos a través de Manzanares, Cercedilla o el puerto de Navacerrada; el abajamiento ineludible de los aparcamientos y la falta de publicidad de las bondades y excelencias de este amenazado parque, aunque les pese a las administraciones y también a los artistas, porque el silencio preserva al silencio.

Una cultura desaparecida

Vamos con las gentes del Guadarrama de ayer, siempre con Mesa, a la mesa de Mesa.

«Los cuencos y colodras

del viejo cabrerizo

llenando va la ordeña

con blanco chorro, mantecoso y tibio.

(…)

Es tarde. Los trucheros

se recogen del río;

cubren con sucias ropas

los cuerpos renegridos

y, entre la malla de la red, platea

la pesca que rebosa del cestillo.

 

De su pinar se tornan los hacheros:

aire lento y cansino;

en los hombros, las hachas,

y en sus gastados filos,

un reflejo fugaz, que a ratos hiere

los semblantes cetrinos».

 

El poema del hijo (La posada y el camino)

 

Otros dos cuadros. Este, en tercetos; como el precedente de La posada y el camino:

«Ya se partió el zagal mío:

sentí balar a mi puerta

su rebaño travesío.

(…)

He de seguir tu rebaño

al robledal del otero,

donde sesteas hogaño.

 

Te buscaré entre las breñas,

junto a las gleras del río,

donde las cabras ordeñas.

 

¿Adónde fuiste, pastor,

que no logro hallar tus pasos

en las trochas del alcor».

 

La segunda pintura, del Cancionero castellano, Ayer noche vino el lobo, de 1904.

«Ayer noche vino el lobo.

Un zagal dice que oyó

un aullido a medianoche

que le helara de pavor.

 

—¡Está loco el zagalillo!

—No hay en la sierra un pastor

a quien le falte un cordero.

—Es, sin duda, que soñó».

 

Hacheros o gabarreros, pescadores, carreteros, arrieros, ganaderos, boyerizos, cabreros, pastores y vaqueros, y su mundo de mastines y carlancas, chozos y majadas, pinares y calveros, son las gentes y sus parajes a cielo abierto retratados por Mesa, un universo entre un montón de montes ni mucho menos idílico y virgiliano ni, tampoco, con la idea de conservación que tenemos ahora. Recuerden que ya Máximo Laguna, otro precursor guadarramista, se alarmó de las matarrasas que había por doquier. Tampoco toca nuestro Mesa a cazadores, alimañeros, loberos, mieleros, caleros, herreros, piconeros o canteros, entre otros muchos, oficios todos bien guadarramajistas, algunos pesen a quien pesen y casi todos más o menos en desuso. Mejor dicho, salvo media docena, una docena quizá, completamente abandonados, tabla rasa y bosque arrasado: una cultura aniquilándose también a matarrasa.

Gentes entecas y adustas eran; entonces, pobres. «De Rascafría, de Oteruelo, de Alameda, lindos pueblecillos que se espejan en aguas del Lozoya (…) Los castellanos no gustan de pedir: son graves, serios; su mirada de surco no implora con dulzura: observa con fría serenidad», nos dice Mesa (La limosna, en Andanzas serranas). Otras veces, disputarían en el suelo con los perros las sobras del banquete en una excursión real desde La Granja al monasterio de Rascafría en 1903.

Es cierto que se nos llena la boca a todas horas de los espacios naturales pero no de las gentes que los habitan. Mesa sí lo hace, idealizador en ocasiones, quizá incluso a menudo, pero es tan justo y necesario… En El silencio de la Cartuja, por ejemplo, Mesa acomete con su juglaría, que hoy suena caduca e incluso resbala a lo hueco pero siempre ha de verse como rotunda y sincera, el repaso somero de los tipos que vivían y morían en estos paisajes. Mejor las gastaríamos si nos hubieran hecho recitar de memoria estas cuartetas en lugar de los reyes godos o los afluentes del Duero por la derecha. Dice el titulado Del rabadán y los zagales o el Fontarrón:

«¡Cómo ríen los pastores,

camino del Fontarrón,

por el sendero que aroman

los tomillares en flor!

(…)

Marcha delante, escotero,

sin cayada ni zurrón,

un vejete cabrerizo

que de Castilla pasó.

 

Dos zagalillos de Arcones

caminan del viejo en pos;

a la espalda el zamarrico

y en los labios la canción.

 

Y un vaquero de Lozoya,

recio, de gilvo color,

por sus donaires famoso

desde Pinilla al Cuadrón.

(…)

¡Por el sendero atollado,

y entre los prados en flor,

cómo ríen los pastores

camino del Fontarrón!»

 

A partir de aquí, el despliegue de glosario es apabullante, fruto sin duda de una entregada labor de campo, magistralmente romanceada luego, como bien subrayó Pérez de Ayala.

 

«¿Cúya la sangre que tiñe

las aguas del Fontarrón?

 

—Sangre de la oveja artuña

que alobadada murió;

sangre de la cabra jara,

la del chivato pelón.

 

—¿Y con el lobo en acecho

(Dios te maldiga, traidor),

te estabas cabe la lumbre

torreznero y regalón?

 

—Allá por la sonochada

el barranco se anebló;

vellones de nieblas frías

vagaban en derredor.

 

A medianoche, la perra

de Robregordo, latió:

en el silencio se oía

un cauteloso rumor.

 

El mastín albarraniego

contra las sombras ladró,

y alzábase entre las sombras

un quejumbroso clamor.

 

A poco, la tramontana

las nieblas arrezagó.

En un claro, un lucerico

encendiera su fulgor.

 

El pastor que fogariza

sobre los canchos, silbó.

Miré su hoguera en el borde

pedregoso del Hoyón».

Y hay otra grey todavía, ya en plenitud por el Guadarrama en tiempos de Mesa: la aficionada al excursionismo. Nada tiene que ver con los oficios serranos, pero deambula por iguales parajes. Casi a él mismo, al Mesa excursionista, Mesa dedica unos sencillos versos en Monte abajo en La posada y el camino.

«Ciega inquietud del caminante,

que en la posa del manantial,

sin la conciencia del instante,

anhela seguir adelante

por la aspereza del canchal».

 

Pero, ¿de verdad Mesa pateaba el monte, o se lo figuraba? Cada cual juzgue: «Al abandonar la vereda, dispuestos a escalar a suerte y ventura la cima encapuchada, el sol asomó la caricia de un rayo por el desgarrón de una nube. El viento, arreciando en su furia, amontonó las nieblas sobre el valle, y el contorno de Peñalara se destacó sobre el cielo zarco. Ya perdimos la voz compañera del agua (…) Al ganar la cuerda de las montañas, desde el canchal cimero, contemplamos el paisaje (…) A la derecha, la vista se expande en la frondosidad aterciopelada de Balsaín, que gana los altos de la Fuenfría, y se repliega, impotente, bajo la diadema rocosa de Siete Picos» (La laguna de los Pájaros, en Andanzas serranas).

Por lo demás, Mesa no solo habla de los oficios montanos, sino igualmente de las escuelas y poblaciones piedemonte (en el fondo, para vencer la miseria solo hace falta pan y escuelas). Así, Mesa evoca en Andanzas… una rural donde «en las caceras rumoreaba, hecha cristal, la alegría de la última nieve», el dómine era «archipobre y protomiseria» y en los inviernos, plúmbeos bajo el nevazo, los pequeños soplaban «sus dedos, presa de sabañones», aunque soplarse las frieras casi pasaba en cuatro cuartos de España.

Actualmente proliferan nuevos oficios, como guardas, guías de montaña, biólogos, gestores y un largo etcétera que, quién sabe, no, con seguridad, necesitarán un poeta que les escriba. Aunque ya no hay hachas, sino motosierras. Ni casi poetas, sino tuiteros. En cambio, la renta per cápita, la alfabetización, etc., son magnitudes que sin duda conocen al presente mejores cifras que hace un siglo. Sin duda, hay que felicitarnos. Sin embargo, algo ha de hacerse, puesto que de esta cultura serraniega, a menudo incultura cateta, tanto hay que aprender…, y forma parte de nuestro patrimonio humano, como un hacer la vida a menudo desaparecido o a punto de extinguirse.

Sea en sus gozos, artes o misterios. Es decir: en su vocabulario, romances y canciones (hemos visto un riquísimo acerbo con Mesa, quien recoge también la célebre leyenda de la loba parda); 2, en su arquitectura, doméstica, agropecuaria o fabril; 3, en su indumentaria, adornos y ajuar; 4, costumbres, juegos y fiestas, músicas y bailes; 5, gastronomía, vinos y dulcería; 6, enseres de hogar y herramental y aperos; 7, en sus técnicas y trabajos. Siete partidas al menos, como las siete maravillas del mundo o los siete pecados capitales si se quiere.

¿No protege la UNESCO culturas extinguidas en los territorios más remotos y olvidados? La cultura matriz del Guadarrama también ha desaparecido o va de camino. Y rápido. ¿No deben ser protegidas estas formas de vida serranas o al menos rescatadas solo por el hecho de que hayan tenido su existencia próxima a las ciudades?, pregunto.

A ser posible no por la siempre socorredora res publica —aunque sabemos que no todo consiste en pagar más o menos impuestos, sino en administrarlos con criterios distributivos sociales—, sino por un cauce privado, quizá a través de fundaciones, o incluso personal… ¿por qué no un novedoso voluntariado con derecho a desgravación?

En última instancia, al final, ¿tiramos los álbumes de fotos, porque ya nuestros padres murieron o porque nosotros mismos somos más historia que calendario? ¿Preferimos la amnesia desarrollista a la memoria?

Ya hay guarderías para tremedales y buitreras, protozoos y peonías, procesionarias y tochos; ¿no podrán crearse centros de estudio y divulgación sobre las escasas mujeres y hombres en cuyos hombros descansa o ha descansado el último legado de una sabiduría extinta?

Estuvo en el ideario institucionista gineriano, como se plasmó en los estatutos fundacionales de Los Doce Amigos: «Conocer en todos sus aspectos el sistema orográfico central de la Península, a la vez que ayudar al desenvolvimiento moral y material de los habitantes de aquella cordillera». Lo defendieron Bernaldo de Quirós, Fernández Zabala y Mesa, por citar a solo tres de aquellos.

Mucho tenemos que aprender, sin embelesos postizos ni complicidades bobonas. Sin caer en la tontuna. Ni en infantilismos ni en diletantismos. Mucho aprenderíamos… Hay que tomar conciencia de ello. La labor que resta es inmensa pero será finalmente, confío, agradecida.

Porque el Guadarrama, en fin, no es únicamente sus montes, como entes casi inertes —digo «casi» porque las torrenteras cambian de cuando en cuando su curso, un rayo abate un pino, si bien, permítanme la ironía, a cambio se levanta un vallado o una pilona…—, sino que el monte, estos montes, son el escenario donde el ser humano, sea por motivación económica o por recreo —ambos perfecta e incontestablemente legítimos, ambos—, porque nazca o porque pazca, desarrolla sus vidas. El Guadarrama no está virgen, sino humanizado. Responsabilidad nuestra es saber hasta dónde llegar. ¿Nos hemos pasado de la raya; tenemos trecho todavía; lo dejamos como está; retrocedemos a estadios menos urbanizados?

Sea, como fuere, nunca olvidemos al hombre en el Guadarrama. Porque nosotros somos el Guadarrama y el Guadarrama nada sería sin nosotros. Se lo debemos. Nos lo debemos.

¡Sí a la Guadarramagia!

¡Sí!

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