AURRULAQUE 2020

 

El pasado sábado, 4 de julio, Luis Pantoja, jefe del Observatorio Meteorológico del Puerto de Navacerrada, fue el autor y lector del manifiesto del Aurrulaque 2020, titulado Guadarrama confinada. Un texto lleno de sensibilidad hacia la Sierra de Guadarrama y, en general, hacia toda la Naturaleza, avisando de la gravedad del calentamiento global y de nuestra responsabilidad de recuperar y salvaguardar el planeta para las generaciones futuras. Tras la lectura, tuvo lugar un animado debate, moderado por Pedro Nicolás (que también fue quien hizo la presentación de Luis Pantoja), en el que algunos participantes preguntaron a Luis por temas relacionados con su manifiesto.

El Aurrulaque de este año, por razones lógicas ante las normas de seguridad debidas a la pandemia de Covid-19, se celebró de forma distinta a las de los últimos años: se subió de forma individual, el acto tuvo lugar en la pradera de Navarrulaque para guardar la debida distancia y los participantes tuvieron puestas sus mascarillas durante todo el tiempo.

Como otros años, el Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama, con su director Pablo Sanjuanbenito a la cabeza, nos ofreció todo su apoyo y, como viene siendo habitual, se ocupó del suministro de agua para los participantes. Agua que, también por razones de salud, se entregó de forma individualizada, regalando a cada persona una cantimplora con el logo del Parque Nacional.

Los miembros del Parque, también se ocuparon de entregar el poster del Aurrulaque 2020, realizado en esta ocasión por la pintora Julia Vallespín, montañera y socia de la RSEA Peñalara.

Antes de la lectura del manifiesto, se dedicó un recuerdo a los fallecidos desde el último Aurrulaque y, muy especialmente, al peñalaro José Luis Aberturas, que nos dejó pocos días después de asistir al Aurrulaque 2019. Antonio Lucio, amigo de Peñalara, montañero y “alma mater” de los Allende Sierra, interpretó a la dulzaina la canción La Magdalena, que se toca en la provincia de Segovia en actos solemnes, con el acompañamiento a la armónica de Eduardo Casanova, también buen amigo y montañero.

Después de las intervenciones del director del Parque Nacional y de Luis Miguel Peña, alcalde de Cercedilla, ambos músicos finalizaron el acto con la canción tradicional irlandesa Danny Boy, donde se habla de valles y montañas.

cartel conmemorativo de Julia Vallespín

 

MANIFIESTO AURRULAQUE, 4 DE JULIO DE 2020

 

Guadarrama confinada

Luis Pantoja Trigueros

Jefe del Observatorio Meteorológico del Puerto de Navacerrada, AEMet

 

Se lo debemos a nuestros padres.

Ellos nos legaron el mundo en el que hemos vivido. Con sus montañas y valles, sus animales y flores, sus selvas y desiertos. Con las primaveras, veranos, otoños e inviernos. En mi caso, ellos me trajeron a la Sierra de Guadarrama, y me enseñaron sus bosques, arroyos, cumbres y cielos. Cielos que ya no he dejado de observar en todos estos años.

Cielos que en primavera se llenan de cúmulos y cuyas lluvias, junto a los primeros calores, funden las nieves de las cumbres encharcando campos e inundando de vida los valles. La naturaleza florece, los anfibios y reptiles despiertan, las aves regresan. En el verano son los cumulonimbos los que descargan poderosas tormentas, aliviando el calor que madura los frutos y seca los prados. Los bosques nos protegen del sol insoportable y nos refrescan con sus espesuras permitiendo que la vida sea más agradable. En otoño los nimbostratos nos traen lluvias abundantes y pausadas que recuperan los caudales. Los suelos se empapan y las luces, que se cuelan de soslayo, saturan de intensos colores los bosques y las paredes graníticas. Es hora de recolección y recogimiento antes del invierno, con esos cielos grises y los girones de niebla agarrándose a las copas de los pinos. Llega entonces la paz. Llega la nieve que cubre el paisaje, y el hielo que paraliza lagunas y ríos. Las cumbres se engalanan de blanco y lucen velos de nevisca arrastrados por el viento. La nieve se acumula por metros y empapará los suelos haciendo que el resto del año mane por arroyos y refresque el terreno.

Guadarrama es un tesoro para nosotros. Permite reconectarnos con esa naturaleza cada vez más alejada de nuestra realidad, y enraizarnos a la tierra que compartimos con el resto de seres vivos. Por eso hemos puesto tanto empeño en su conservación, a veces con acciones medioambientales muy valientes, como el desmantelamiento de la estación de esquí de Cotos. Demostrando que, en ocasiones, progresar es dar un paso atrás, retirando lo artificial y devolviendo al paisaje su estado natural. Esas cicatrices se cerraron y ahora quedan otras heridas por curar. Quedan otras pistas y otras instalaciones que tienen cada vez menos sentido, ante un calentamiento del clima que en estas montañas, roza ya los dos grados. Hay más problemas por resolver, como la afluencia masificada de visitantes, la explotación excesiva de sus recursos o la mercantilización de las actividades naturales y deportivas. Hemos tratado de cuidarla, de protegerla, de aislarla de los peligros, incluso llegando a declararla Parque Nacional. Es una burbuja de naturaleza en medio de un mundo cada vez más artificial. En resumen, hemos confinado Guadarrama.

Y ahora nos toca a nosotros dejar a nuestros hijos ese legado, ese paisaje, ese mundo. Pero ese mundo ya no es el mismo. Las nubes del invierno apenas dejan nieve, que ya no empapará ni suelos, ni acuíferos. El frío atenazante que mantiene a raya las plagas, no llega, y las enfermedades se propagan con facilidad entre las especies. La biodiversidad mengua y los ecosistemas se vuelven más frágiles e indefensos. Ya no vemos esa variedad de insectos, reptiles y aves al llegar la primavera. Los escasos neveros que quedan y que alimentan nuestros ríos, se funden rápidamente con la llegada de las primeras olas de calor. Los pastos se secan y los bosques se resecan, antes incluso de la llegada del verano. Un verano que, contrastando datos históricos, ahora abarca parte de la primavera y del otoño, y que se recalienta año a año. Una época en la que aguantamos la respiración para que no salte ninguna chispa y destruya todo lo que amamos y necesitamos. Y el otoño nos vuelve a traer la lluvia, pero ahora no de forma reposada y abundante, si no de manera torrencial y destructora, devorando cauces y arrastrando el valioso suelo fértil.

Las grandes amenazas para Guadarrama no son locales. Los grandes peligros son globales y son responsabilidad de todos. El planeta que habitamos es una unidad viva en la que todas sus partes están interrelacionadas. Es un gran mecanismo de relojería en el que cada elemento es imprescindible para su buen funcionamiento. Todos los engranajes giran al unísono y si alguno de ellos queda dañado, afectará a los demás. Ahora estamos oyendo chirriar ese mecanismo advirtiéndonos de que debemos engrasar todas las piezas antes de que alguna salte por los aires. Guadarrama es una de esas ruedas dentadas, y por mucho que la protejamos, no girará si alguna de las otras ruedas se bloquea. No servirá de nada cuidar Guadarrama si no cuidamos el resto del planeta.

Nos sorprendemos de la pandemia que se ha extendido por el mundo entero como un acontecimiento fortuito, que nos ha llovido del cielo, ajeno a nuestra responsabilidad y que ahora nos mantiene a nosotros confinados. Pero los científicos ya advertían de que esto llegaría como consecuencia de la pérdida de biodiversidad, debida sobre todo, a la transformación de ecosistemas naturales en terrenos productivos. No quisimos escucharles y, sobre todo, no quisimos cambiar nuestros hábitos de despilfarro que hacen que consumamos al año lo que la Tierra necesita más de dos años en producir. Somos responsables de lo ocurrido. Vivimos en un mundo globalizado en el que los efectos de cualquier acontecimiento se extienden por todo el planeta con una rapidez inimaginable.

Edward Norton Lorenz fue un meteorólogo que en 1972 impartió una conferencia en la que planteaba si “el leve aleteo de una mariposa en Brasil podría desencadenar un tornado en Texas”. Este efecto, el “Efecto Mariposa”, viene a explicar cómo una pequeña alteración local puede desencadenar cambios drásticos a nivel global. Cualquier cambio en un sistema complejo como el de la atmósfera, tendrá repercusión en todo el planeta. Y actualmente se está produciendo un cambio importante en ella: un calentamiento global muy rápido, cuyas consecuencias estamos sufriendo ya:

Olas de calor más frecuentes e intensas, como la que sufren actualmente en Siberia que está descongelando el permafrost, liberándose así, cantidades importantes de metano a la atmósfera. Un gas de efecto invernadero muy potente y que provocará, a su vez, mayor recalentamiento. Inviernos más suaves y cortos, como los dos últimos vividos en España y que dejan nuestras montañas sin recursos hídricos que alivien los veranos. Redistribución de las precipitaciones con episodios de lluvias torrenciales, como la borrasca Gloria que golpeó el litoral mediterráneo recientemente, seguido de periodos de sequías pertinaces que se hacen más recurrentes. Fenómenos meteorológicos severos más violentos, como la aparición simultánea de tres huracanes en el Atlántico en el verano de 2018 que devastaron algunas islas del Caribe. Aumento del nivel del mar y de su temperatura, que hacen que islotes enteros queden a merced de los temporales en la Polinesia. O que los corales de todos los océanos blanqueen y mueran por el calor. Regresión glaciar en prácticamente todas las montañas del mundo, que está provocando que en algunas cordilleras más modestas como Pirineos, estén a punto de desaparecer. Disminución del tamaño de los casquetes polares, como los de Groenlandia o la banquisa del Ártico, y que provoca recalentamiento por mayor absorción de radiación solar, que a su vez acelera el derretimiento. Incendios devastadores, como los descomunales del verano pasado en Australia, el Amazonas y Siberia, debilitando uno de los mecanismos reguladores de la composición gaseosa de la atmósfera. Peores cosechas que empujan a los habitantes de América Central o África a emigrar al norte en un intento desesperado por no morir de hambre. Menor biodiversidad y extinción de especies, que favorecen la zoonosis y la propagación de pandemias como la que estamos sufriendo.

Ha sido precisamente nuestro confinamiento el que ha dado un respiro a la naturaleza. Nuestro aislamiento le ha proporcionado al resto de seres vivos la oportunidad de desarrollarse sin la presión a la que los teníamos sometidos. Guadarrama se ha liberado su confinamiento, se ha librado de sus límites administrativos recuperando espacios y expandiéndose a sus anchas. La primavera estallaba mientras nosotros mirábamos desde nuestras ventanas, anhelando respirar ese aire puro que hasta las ciudades recuperaron. Parecía el momento en el que la sociedad entera, obligada a pararse a pensar, se hacía consciente de la necesidad de cambiar. Pero según volvemos a la “normalidad”, retomamos nuestros hábitos destructivos: esparcimos toneladas de plástico en forma de mascarillas y guantes por todos los rincones; desinfectamos espacios naturales para volverlos a ocupar, sin pensar en el daño que causamos a los ecosistemas; incentivamos el uso de combustibles fósiles para reactivar la economía. Volvemos a tropezar con la misma piedra.

Hemos creado una sociedad de consumo basada en la necesidad de crecimiento que nos arrastra cada vez más deprisa hacia un muro que no podremos atravesar. Un muro construido con los ladrillos que son cada uno de los complejos sistemas que constituyen el mundo que habitamos, y que colapsarán ante la realidad incontestable de que no se puede crecer hacia el infinito en un mundo con recursos finitos. La sobreexplotación de estos recursos no puede mantenerse por mucho tiempo, y las condiciones que han permitido el desarrollo de las civilizaciones, empiezan a mostrar síntomas de agotamiento. Síntomas que, en ocasiones sólo pueden ser observados por los expertos, y otros que se nos manifiestan con crudeza e incluso, con sufrimiento humano. Cuanto más tiempo tardemos en poner remedio, más nos costará adaptarnos. Porque prevenir cuesta, pero curar duele. El cambio está llegando pero está en nuestras manos que se produzca con los menores daños posibles. Es momento de actuar.

La gran transformación debe producirse en nuestras mentes, convirtiendo en acciones individuales nuestra voluntad de cambio global. Convenciendo más que imponiendo, y dejando a un lado nuestros egoísmos cortoplacistas, aunque para ello tengamos que replantearnos nuestra propia vida. Sacrificios personales que me impongo, como viajar menos para escalar montañas y disfrutar más de las que me rodean; dejar de utilizar remontes para ascender picos desde los que esquiar; renunciar a tener la última tecnología o los mejores materiales, reutilizando los que ya tengo; recuperar el comercio de cercanía, consumiendo los productos de mis vecinos; dejar de consumir alimentos de explotaciones intensivas que supongan maltrato animal, agotamiento de recursos, deforestación o uso de pesticidas dañinos; participar activamente con asociaciones preocupadas por el medio ambiente. Los sacrificios de hoy nos ahorrarán sufrimiento mañana.

Todo esto debe ir acompañado de una actitud valiente por parte de los responsables públicos y las autoridades políticas. Tenemos que exigirles la incorporación de medidas encaminadas a reducir nuestro impacto, siguiendo las recomendaciones de científicos y expertos, sin ceder a las presiones de los sectores reticentes al cambio. Y tiene que hacerse ya, si es que ya no es demasiado tarde. No podemos dejar Guadarrama confinada en sus límites artificiales, y los pueblos del entorno tienen que ser ejemplo también, de desarrollo sostenible. No basta con hacer manifiestos con los que, en la mayoría de los casos, todos estamos de acuerdo. El momento de las palabras pasó, y ahora es el momento de actuar.

Y quizás, apoyándome en ese “Efecto Mariposa” que antes comentaba, ese pequeño cambio individual y colectivo, puede que sea el aleteo que origine el huracán, que transforme esta sociedad suicida en una forma de vida en consonancia con la naturaleza de la que formamos parte.

Tenemos que actuar ya. Se lo debemos a nuestros hijos.

 

 

 

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