PEÑALARA 565

Lynn Hill. Uno de los grandes nombres propios en la historia de la escalada en roca. En 1993 hizo la primera escalada en libre a “The Nose” (El Capitan, USA) y dejó allí un listón que estuvo doce años sin poder ser alcanzado por nadie. Tommy Caldwell lo consiguió en 2005. A día de hoy, pese a los impresionantes logros en la escalada libre de alta dificultad, solo cuatro escalador@s han conseguido alcanzarlo. Lynn nos habla acerca de ello, y de muchos otros interesantes pasajes de su vida en la entrevista del inminente Nº 565 de la revista Peñalara. Las históricas fotografías que Heinz Zak hizo a Lynn durante su escalada de esta ruta en el día, en 1994, que han recorrido las páginas de las mejores revistas del mundo, ilustran la entrevista, así como la portada de este número 565 de Peñalara. Foto: Ángel Pablo Corral

 

 

 

Devoción por la Pedriza, “fe pedricera” y pasión por la adherencia extrema. Todo esto es lo que destila el gran artículo que Aitor Bárez, escalador, alpinista y realizador, ha escrito acerca de la evolución y estado actual de la adherencia extrema en la Pedriza. El título del trabajo, “Persiguiendo el equilibrio”, es el mismo que el de la película que Aitor ha presentado este año en el Festival de Cine de Montaña de Ladek, en Polonia, donde ya triunfó el año pasado con “Everest, un reto sobrehumano”. En la foto de Pablo Magister, Aitor Bárez prueba a vista “Bujías frías para motores calientes” (¿8a?), en el Risco de la Fuente. Foto: Pablo Magister

 

 

 

Más Pedriza, pero con dificultades más “humanas”. Francisco José Sancho “Fojo” nos relata cómo llevó a cabo, junto a sus compañeros Esteban Fernández-Araque y Jesús Pinilla, el encadenamiento de varias rutas para ir escalando de Canto Cochino a la Lagunilla del Yelmo. En la imagen, escalando el Cancho de la Lagunilla. Foto: Colección Francisco J. Sancho “Fojo”

 

Gemma Arenas. Una de las grandes corredoras de montaña en la actualidad y vencedora del Gran Trail de Peñalara en sus ediciones de 2015, 2017 y 2018. Felipe Rodríguez -director del GTP- José Antonio de Pablo "Depa", José Luis Basalo y Fernando Grijalvo, buenos corredores y buenos conocedores del GTP, nos dejan sus impresiones acerca de todo lo que es y lo que rodea esta importante prueba, que celebró este año 2018 su novena edición. En la imagen, Gemma deja atrás la cumbre de Peñalara, camino del Risco de los Claveles. Foto: Cano FotoSports

 

 

 

 

Seis días recorriendo las remotas cumbres y los profundos valles del Atlas marroquí. Esa es la sencilla fórmula que mueve, desde hace tanto como 23 años, la popular “Ruta Bereber”. Paloma Palomares y Nicolás Martín, apoyándose en unas magníficas fotografías, nos detallan la “filosofía” y el día a día de una aventura colectiva que cautiva a todo aquél que se embarca en ella. Foto: Nicolás Martín

 

 

 

AURRULAQUE 2018

El pasado sábado 7 de julio tuvo lugar ese tradicional y montañero acto de profundo sabor guadarrameño que conocemos como “Aurrulaque”, del que se han celebrado ya veintitantas ediciones. La de este año tenía algo de especial: que será la última edición organizada por Antonio Sáenz de Miera. Antonio “se jubila” de este noble compromiso, desempeñado durante años, aunque esperamos –y sabemos- que seguirá acudiendo a los futuros como invitado. La RSEA Peñalara toma el relevo en la organización del Aurrulaque, y lo hará conducido por quien ha sido un colaborador imprescindible de Sáenz de Miera todos estos años: nuestro consocio Antonio Guerrero. Nada cambia pues: el Aurrulaque sigue estando en las mejores manos.

Este año, el acto contó con la presencia y participación de alguien a quien nuestro presidente, Pedro Nicolás, definió como un “personaje de lujo”: Carlos de Hita, técnico de sonido especializado en el sonido de la naturaleza y el paisaje sonoro, naturalista y amante del Guadarrama. Sobre sonidos y ruidos en la naturaleza versó su discurso, que reproducimos aquí:

Sierra de Guadarrama, donde el viento canta.

Hablemos de paisajes sonoros, de la banda sonora de la Sierra de Guadarrama. En el año 1999 fundamos la Sociedad Castellarnau, de amigos de Valsaín y La Granja. Y elaboramos una declaración de intenciones en forma de decálogo (en realidad contenía once premisas, tantas como letras tiene el apellido Castellarnau). La segunda de ellas decía:

Apreciamos que la belleza del lugar no ha de verse mermada por actuaciones incorrectas. La belleza que queremos preservar habita tanto en los pequeños detalles como en los grandes espacios.

En esta sentencia se encuentra la entidad del paisaje sonoro, la suma de muchos elementos, pequeños detalles, para formar un gran espacio. Un gran concierto.

Este otro texto de Eduardo Martínez de Pisón, referido a los pinares serranos, resuena en la misma tonalidad:

El pinar a finales del invierno es en realidad la unión de la belleza de la silueta del tronco, del color tan identificador del ramaje rojizo, del crepitar que apenas se oye de su corteza, el paso entre las acículas de los pájaros, un trino lejano y otro próximo y distinto, el claro soleado, los brillos de las micas del granito en el borde de la senda, el sonido del agua, el centelleo de la cumbre nevada entre las copas, el gran bloque gris medio cubierto de musgo, el aroma de las plantas de la ribera o de la sombra, la permanencia de un elegante estilo de la naturaleza, el reencuentro con los recuerdos...

Belleza, crepitares apenas audibles, trinos lejanos, distintos, brillos, el sonido del agua, el reencuentro con los recuerdos… No se puede sintetizar mejor, con más elegancia, el concepto de paisaje sonoro. Esa es la actitud del que escucha, el que espera pacientemente, se acuerda de lo que ya vivió y busca refugio en las soledades. Unas soledades que siempre han anidado en las montañas y que cada vez es preciso buscar más lejos, más hacia el fondo de los valles que en las cumbres.

Al hablar de protección de la naturaleza, de la vida en los bosques, es un clásico citar a H.D. Thoreau, quien escribió cosas como que “cualquier sonido escuchado en la distancia produce el mismo efecto, una vibración de la lira universal”.

Pero yo siempre he preferido a John Muir, contemporáneo suyo, con una visión de la naturaleza muy interesante. Muir fundó el Sierra Club, empujó para la creación del Parque Nacional de Yosemite, creó la definición de parque nacional. Pero, sobre todo, se refirió al concepto de Última Frontera. Se refería a un espacio virgen, lejano, intangible, en el que descansaba la idea de lo sublime, la noción misma de la esencia de un país. Para John Muir esa última frontera era Alaska, el gigantesco e inaccesible territorio, la morada de la naturaleza salvaje.

Nosotros no tenemos esos grandes territorios boreales, pero, modestamente, tenemos la sierra. Para muchos madrileños, un espacio antes evocado que conocido: Siete Picos, la Boca del Asno, Peñalara, Cuerda Larga, La Granja…

Una frontera simbólica, pues, pero que lleva al montañero, al naturalista, a buscarla no sólo tras los rincones más recónditos de la sierra, sino también en los momentos más serenos. Un viaje por el espacio, pero también por las horas, un recorrido con nocturnidades y madrugones, al lugar, no necesariamente muy lejano, donde el ruido aún no ha despertado y donde el viento (y los pájaros, y los anfibios, y los insectos) cantan.

Y, ¿qué silencios se escuchan en estas montañas? Pues esos “silencios que parecen sonoros” a los que hacía alusión Pío Baroja en su novela Camino de Perfección.

Sonoro es el silencio blanco de las nevadas, cuando todo se mueve pero nada suena. Sonoro es el murmullo de los valles, un rumor continuo formado por la suma de las voces de vientos y aguas, filtrados por la vegetación y atenuados por la distancia. Silencio verde -serenidad, que es lo que en realidad queremos decir cuando hablamos de silencio-, es el viento largo que transporta el canto de los pájaros, la suma de muchas voces, diferentes mensajes, ninguno dirigido a nosotros, pero que nosotros interpretamos como la música del paisaje. Lo que incluye frases musicales-mirlos-, ritmo y compás- carboneros- y hasta percusión, en los tamborileos de los pájaros carpinteros que resuenan y convierten al bosque, al pinar, en un instrumento de percusión.

Desmenucemos un paisaje sonoro. Un pájaro que canta delimita su territorio; dos pájaros son un conflicto, una pelea a voces; todos los pájaros de un lugar, más el viento, más los crujidos de las ramas y el susurro de millones de hojas componen el concierto de un bosque. Un cencerro es una oveja; varios –piquetas, peseteras, zumbos- son un rebaño; junto a las voces del pastor y los ladridos de los perros sugieren una cultura, una forma de vida. Y un trueno que estalla en el cielo y retumba por las laderas rellenando todos los espacios y recovecos, esboza la imagen sonora de un valle.

Los sonidos del Guadarrama, los silencios, no resuenan sólo en el paisaje. También los encontramos en los textos. Ya hemos visto algunos ejemplos. De ese tipo de silencio, de sosiego, se ha escrito cuando se escribe de la Sierra. Pero, ¿quién reconocería hoy La Pedriza en esta descripción de Bernaldo de Quirós?:

Y apenas la noche ha suprimido las formas y el color del mundo y el paisaje, éste adquiere nuevos elementos de sensaciones hasta entonces relegadas por la luz a términos lejanos, casi subconscientes. Repentinamente el arroyo parece haber aumentado su caudal al oírsele más fuerte e insistente; el aire tiene vagos olores de esencias que emanan de excelsas lejanías silentes...

¿Quién, como José María Gabriel y Galán, recuerda una noche como esta?

Yo he pasado negras noches en la selva

            recostado cabe el tronco de un abeto.

            Escuchando los rumores del torrente

            y los trémulos bramidos de los ciervos,

            y el ahullido (sic) plañidero de la loba,

            y las músicas erráticas del viento,

            y el insólito graznido de los cárabos

            que parece carcajada del infierno.

O esta de Pedro Fernández-Cocero, el mejor vecino de La Granja:

En torno a mi pequeña tienda de campaña, merodeos sigilosos sobre materia vegetal. Silencio sin fisuras, después. Y ahora la blanda conversación entre la brisa y la lona. En algún lugar, sin ubicación, el ulular de las aves rapaces, señoras de la tiniebla. Dilatada pausa. Una piña, que ha esperado esta hora para caer. Ha girado sin duda una térmica y el arroyo lejano dice por breves momentos que sigue allí donde lo sabíamos. El arroyo enmudece. Pirámides de ningún ruido.

Cerrando con algunos pasajes de Canción de las tierras altas, de Antonio Machado:

Lejos relumbra la piedra

del áspero Guadarrama.

Agua que brilla y no suena.

Allí hay barrancos hondos

De pinos verdes donde el viento canta.

El ruido

Hasta aquí la música. A partir de ahora, el ruido.

El sonido, además, nos permite observar nuestro entorno desde otra perspectiva. Podemos cerrar los ojos y dejar de ver. Pero no podemos cerrar los oídos y volvernos sordos a los mensajes que emite el paisaje. En cierto modo, la mirada nos coloca como espectadores en el borde del espacio; todo lo que vemos está enfrente y más allá de nuestros ojos. El oído, en cambio, es inmersivo, siempre nos coloca en el centro del espacio sonoro, envueltos por voces, murmullos, crujidos y silencios. El sonido no respeta los límites, sólo distancias.

Y esto es lo que nos cuenta.

La soledad sonora del Guadarrama está siendo asaltada desde todas las esquinas. Por arriba, al caer íntegramente bajo la sombra acústica del aeropuerto de Barajas, que según los vientos que dirigen a los aviones, utiliza –ironías- el puerto de Cotos como baliza de aproximación.

Por las carreteras, nieva, llueva o haga sol, avanza un rugido imparable que rellena el fondo de los valles de suciedad sonora.

Contra todo esto poco se puede hacer. Es el signo de los tiempos, dicen. Pero luego a ello hay que sumar otros pequeños “ruidos”. Los que proceden de ciertas actividades que, oídos uno a uno, pudieran parecer murmullos pasajeros pero que, en conjunto, aportan nuevos estruendos. Las aglomeraciones en determinadas zonas, las carreras de montaña masificadas, la competición para hollar más alto, más lejos y más fuerte… y a ser posible en tropel. Si un caminante, un corredor o un ciclista son sólo un punto, una carrera es un trazo, una ráfaga.

Hay otro tipo de “ruido”, que no suena, pero que impone mutismo a la sierra. Es la luz, la luz nocturna que derrochamos a manos llenas y que enciende los espacios más oscuros con el halo lechoso de los vapores de sodio. Y bajo esa luz espectral las aves nocturnas callan, se retiran, de día empujadas por el ruido, de noche por la claridad artificial. Un cerco que se cierra y que desde hace años cuenta con una cabeza de puente en lo que debería ser el corazón de las tinieblas, la iluminación del puerto de Navacerrada que, como una mancha, interrumpe los perfiles negros de las montañas nocturnas.

Y todo esto en un Parque Nacional, donde, al menos sobre el papel, las prioridades deberían estar claras. Pero lo cierto es que el futuro de la sierra es un enigma.

Porque un Parque Nacional no es garantía de nada.

El de Ordesa y Monte Perdido se fundó hace ahora cien años para preservar el bucardo pirenaico, extinguido hace unos años.

En La Montaña de Covadonga, donde, por cierto, se inauguró la política de compartimentación en la cogestión al ser ampliado a Picos de Europa, ha pasado un siglo sin templar en la guerra entre ganaderos y lobos. Lo malo es que ahora el PN parece que ha cambiado de bando.

Las Tablas de Daimiel no son dos ríos que se desbordan en la llanura manchega, sino una represa. Paradójicamente, uno de ellos, el Guadiana, ya no nace en los Ojos, sino en la cabecera del Tajo, a través del trasvase al Segura.

Sierra Nevada lucha por no ser una sucursal de Solynieve.

El Archipiélago de Cabrera es cada vez más un fondeadero de yates.

Las Islas Atlánticas de Galicia deberían cambiar su nombre por el de Playas Atlánticas de Galicia.

El Teide es el primer destino turístico de naturaleza de España.

¿Y Guadarrama…?

Lo dicho, un enigma. Porque aquí se puede estar trazando el futuro del significado de un Parque Nacional. Así como hace un siglo se pensaba en la sierra como modelo (educativo, regeneracionista, higienista), parece que hoy en día la sierra también puede servir de inspiración, de modelo para la gestión de los espacios naturales, sometidos a la presión intensa de una ciudadanía ansiosa por escapar, siquiera por unas horas, de sus barreras. Y la sierra, que fue barrera para tantas avalanchas, puede que no sea capaz de soportar esta.

Y todo esto se produce porque ha tenido lugar un cambio de paradigma. El éxito de la gestión de un espacio protegido se mide ahora por el número de visitantes. El placer de una visita, por las facilidades para llegar hasta el final con el menor esfuerzo. El resultado es la trivialización de lo sublime. En la Sierra cabe mucha gente; en el ruido no cabe el silencio.

Cambios climáticos

¿Y qué más? Lo peor que está por venir. Otra oleada. Las temperaturas suben, los veranos empiezan cada año un poco antes, de manera que aquí, en la sierra, en los últimos treinta años la llegada de la temporada estival se ha adelantado tres semanas. El aumento de las temperaturas es visible en la reducción de los neveros, en la sequedad de los ventisqueros. Las lluvias se concentran, las tormentas veraniegas son raras. Y el paisaje sonoro cambia. La composición de la orquesta varía. Algunas especies, las más resistentes, se dejan oír cada vez más. Otras, mas sensibles, discretamente callan. En las zonas tranquilas, por las noches, aumenta el número de cárabos, pero cada vez se oyen menos, y por menos tiempo, los ronroneos de los chotacabras. En las praderas de la rampa se escucha cada vez menos el bordoneo intenso de las abejas, la base de tantas cosas. La termoclina sube, y con ella llegan nuevas voces. Podría parecer una buena noticia, pero el canto nocturno de los ruiseñores, tan refrescante, asciende ladera arriba hasta puntos donde, al menos yo, no había reparado en ellos. Y no, definitivamente, no es una buena noticia la incorporación al concierto natural del pinar de Valsaín, a 1.200 metros de altitud en la cara norte, fresca y umbría, de un sonido tan asociado al calor veraniego como el de las cigarras, las “chicharras”. Si, como se suele decir, el sonido es un termómetro, no hay mejor indicio de la subida de las temperaturas que la aparición de este sonido estridente, de dientes de sierra, que nos recuerda el significado de la palabra “achicharrarse”.

De momento todo ello ruidos que –salvo el de los aviones- ascienden desde el fondo de los valles. La altitud y las pendientes de las montañas siempre han sido su defensa. Hasta que la gente decidió aceptar el desafío.

¿Y qué pinta un naturalista metido a técnico de sonido denunciando este pandemonium? Poca cosa, o nada. Una voz contra muchas, ni siquiera un contrapeso.

Para terminar volveré a nuestro manifiesto fundacional, el punto once de nuestro decálogo:

Utilizaremos el debate y la polémica, pero sin olvidar el buen gusto y el respeto al otro, actuando siempre bajo los dictados de la libertad y el buen humor.

Pues lo dicho. A correr, a trepar y a triscar por las veredas de la sierra. Con una sonrisa y, por favor, en silencio.

Carlos de Hita, Valsaín, julio de 2018.

 

 

 

 

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