CRÓNICA DE LA SALIDA A ANCARES 10-11 SEPTIEMBRE DE 2022

A la convocatoria de Teresa Yelmo y Carlos Gómez-Villaboa  para recorrer la Sierra de los Ancares acudimos una veintena larga de peñalaros el viernes 9 al Hotel de Piornedo.


Según íbamos llegando, se quedaban atrás preocupaciones y afanes laborales; y cuando las curvas del atardecer filtraban la luz naranja a través de los serbales en flor, ya íbamos conociendo que llegábamos a una tierra prometida.

La amabilidad de Mirella, regente del Hotel , nos envolvió durante esos días en un  almíbar de hospitalidad y simpatía. Ganas de volver sólo por seguir charlando con ella y gozar de los muchos detalles de buen gusto y serenidad de su casa.

Es absolutamente delicioso cenar charlando con compañeros a los que hace mucho que no se ve o que se conoce en ese momento; y preparar desde el crepúsculo estrellado la mochila para la ruta del día siguiente, que transcurriría desde el Puerto de Ancares al Pico Cuiña-Peñalonga- Mustallar-Piornedo, pero, a la que luego se le añadiría estrambote final llegando a Pico Lagos.

El cielo de aquel sábado se despertó luminoso y fresco como una sábana bailarina puesta a secar al sol.

Los peñalaros en fila india pronto encontraron abrigo en las subidas entre brezos o en las bajadas suaves a través de las vértebras de esa serranía que ofrecían tan amplios horizontes. Las cimas se fueron sucediendo hasta llegar a la ascensión casi vertical del Mustallar donde algunos llegamos sin resuello. Los buzones de montaña como carteros de hojalata nos hacían sonreír mientras reponíamos fuerzas. El día transcurría a base de cuádriceps, como descubriríamos en las postreras agujetas. Y ya de vuelta, nos apartamos del angostísimo sendero para brezear salvajemente abandonando el collado y seguir subiendo hasta el punto en que comenzamos una bajada de más de dos horas que se hizo interminable y preciosa, entre abedulares, parques jurásicos de helechos, desesperantes torrenteras sin fin y la mente dispuesta en la recompensa piscinera del hotel, que sería un alivio para tanto rigor muscular.

El chapuzón, alivio de caminantes durante ocho horas, y la visita al Museo de las Pallozas fue un dulce contrapunto, que nos ofreció una mirada atenta al pasado tan duro de las gentes del lugar y la persistencia en conservar lo que la rapidez de hoy quiere hacer olvidar. Pero Ancares resiste, porque no es tan fácil llegar y si acudes, te quedas y te enamoras de la suavidad de sus lomas y del verdor de su brezo arisco.

Habíamos terminado de cenar cuando nos llegó la noticia de la muerte de nuestro compañero Miguel Tébar que nos dejó apesadumbrados y silentes. Por la ventana observé esa línea fucsia brillante que insiste en subrayar luminosamente el ocaso dando a los últimos segundos de luz esa belleza tan extraordinaria y sagrada. Pensábamos en él.

El domingo trepamos como los rebecos entre raíces, piedras y brezos para alcanzar un ventoso Miravalles, que le dedicamos a Miguel durante un minuto de silencio con todo nuestro corazón.

El retorno al Puerto de Ancares fue agradecido y ralentizado para seguir saboreando esa plenitud y ese regalo para la vista que era verse circundado por tantos picos medianos de exuberante belleza.

La pastoral que se transformó en réquiem llegó a su fin. Y en feliz comentario de Javi, que me apropio, yo soy tan sólo la que toca el triángulo entre tanto peñalaro de élite, auténticos violinistas de cuerdas y crestas. Se me espera en el camino y hasta en la entrega de estas letras que recuerden estos días cariñosamente  amasados por Carlos y Teresa meses atrás. Hasta pronto. Plin.

Laura Serrano de Santos.

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