CRÓNICA DE LA SALIDA AL VALLE DE PINETA 28/10/22

En los últimos años, Pedro Mira se ha propuesto que conozcamos en plena explosión otoñal el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido; un regalo para los ojos. Primero fue el Valle de Bujaruelo, con la Faja Escuzana y la Peña de Otal; luego el Valle de Ordesa, con la Faja de las Flores, Monte Perdido y el Cilindro de Marboré; después vino la Garganta de Escuaín y el Cañón de Añisclo; y este año ha sido Pineta, ese valle rectilíneo y profundo, enmarcado al sur por el cordal que viene del Perdido y al norte por el que baja de La Munia, con desniveles que hacen elevar la vista hacia el cielo. 


Nos alojamos en el Refugio de Pineta, al que se sube por una carretera asfaltada que va al Parador Nacional desde el pueblo de Bielsa. Dada la época del año, llegamos anochecido el viernes, ya cenados: ya se sabe que en los refugios se cena pronto y no pueden esperar porque tienen que preparar el desayuno del día siguiente.

El sábado se levanta despejado y fresquito, lo que augura un buen día de montaña. Nos desplazamos en los coches carretera arriba hasta el aparcamiento que hay junto al Parador; desde allí iniciamos la marcha hacia el oeste, a lo que parece un muro que cierra el valle, rasgado verticalmente por las sucesivas cascadas del Cinca, que se descuelgan al vacío desde las estrechas terrazas que lo jalonan. 

Al principio ascendemos suavemente, dentro del bosque, pero pronto nos enfrentamos con una pared que parece infranqueable y que, sin que se adivine, se salva por un sendero zigzagueante que no da tregua hasta alcanzar, ya muy arriba, el Balcón de Pineta, donde nos agruparnos y nos recuperamos del bravo esfuerzo, contemplando la profundidad del valle, con colores ya marrones y cobrizos; si nos damos la vuelta, tenemos las imponentes moles del Perdido y el Cilindro, sin que nuestra vista pueda escapar de esta imagen. 

Imbuidos por sus presencias, seguimos en suave ascensión atravesando una morrena que conduce, entre estratos, al Lago de Marboré: una lámina azul que ilumina el pétreo circo que culmina el valle. Desde allí giramos hacia el este y enfilamos la subida del Pico de Pineta, nuestro objetivo, que nos aguarda en una pequeña y venteada cima, pero que nos retribuye con un panorama que justifica todos los esfuerzos, a lo que se une la estupenda explicación geológica de nuestro compañero Mario. 

Lo que después queda es una bajada que hace temblar nuestras rodillas, pero que se dulcifica con el anhelo de la cerveza que nos espera, y la reparadora ducha que se hace esperar, poniendo a prueba la paciencia de los peñalaros. Para los que se apuntan, Ana Clavo nos dirige en los ejercicios de estiramiento aliviadores de nuestros contraídos músculos. Finalmente cenamos y caemos en el reparador sueño; al menos eso se intenta.

Salvado el primer día, las actividades previstas para los tres siguientes se ven alteradas por la máxima de que el hombre propone y la vida dispone.

Para el domingo, que amanece igual que el día anterior, está previsto recorrer la Faja de Tormosa, pero los guardas del Parque Nacional la tienen cerrada por desprendimientos que arriesgan su tránsito, por lo que enfilamos como alternativa el pico Comodoto, en la vertiente norte del valle, justo encima del refugio, en una vertiginosa ascensión desde inicio que deja pequeña la del día anterior; menos mal que viene amenizada por sugerentes conversaciones con los esforzados compañeros. Tras atravesar sucesivas veces la pista que asciende en mejores modos, alcanzamos una cresta calcárea tras la cual se presenta un inesperado e idílico valle colgado llamado Plana Fonda, paraíso de las ovejas que en él pastan, desde el que se divisa, ya cerca, nuestro objetivo. Tras una breve pausa, comenzamos la subida a cholón, para no desmerecer anteriores empinaduras. 

Desde la cima se descubre, al noroeste, la imponente y pulida silueta de La Munia, en un intento por equilibrar a los dos colosos que culminan el otro lado del valle. Afortunadamente, la cima del Comodoto, además de ofrecernos un panorama y una temperatura que no invitan a bajar, nos permite disfrutar de una distendida comida, tras la cual descendemos de vuelta, esta vez por la senda que sigue una suave cresta y luego faldea hasta llegar a la Plana Fonda, que atravesamos continuando por el GR11 que baja hasta los llanos de La Larri, donde descansamos tranquilos, porque no apura el tiempo. La parte final del descenso hasta el fondo del Valle de Pineta, es una sorpresa que nos deja anonadados: una senda que serpentea por el bosque junto a sucesivas cascadas y pozas por donde se precipita el barraco de La Larri, que nos hace detenernos a cada instante, sin prisa que valga ante tanta belleza. 

Lo que queda de día es la tranquila llegada al refugio, la espera para la ducha, la sabrosa cerveza, el estimulante juego del Uno para unos, y los estiramientos relajantes para otros.  

El lunes amanece nublado con previsión de lluvias leves e intermitentes durante la mañana y ya más decididas por la tarde, lo que obliga a cambiar la planeada Pala de Montinier por la Senda Colgada en la Garganta de Escuaín: no queremos perdernos el recorrido de esta senda —cancelada el año pasado— ante el riesgo de encontrarla muy mojada si la dejamos para el día siguiente. 

Tras una hora de viaje hasta llegar al pequeño y aislado pueblo de Escuaín, seguimos por la senda emboscada que se cuelga por una inadvertida faja, divisando entre los árboles el tajo que horada en la roca caliza el río Yaga, para descender después hasta el fondo del barranco en el Puente de Gurrundué, donde nos detenemos: el objetivo está conseguido.

Hasta ese momento no ha llovido, pero no conviene echar en saco roto la amenazante previsión de lluvia. Falta por decidir si volvemos a Escuaín por la pista de La Valle, o nos arriesgamos por el más largo itinerario circular. Como somos gente civilizada, cada cual expresa sus preferencias: la mayoría decide volver según lo planeado, y un pequeño grupo se arriesga a seguir por la senda que asciende al pueblo de Revilla, al otro lado de la garganta, para después descenderla, atravesar el río y volver a ascender hasta el aparcamiento de donde hemos partido. 

El grupo más nutrido vuelve tranquilamente a Escuaín y, como queda la tarde por delante, unos deciden volver directamente al refugio, y otros se paran en Bielsa para conocer su museo, en un recorrido etnográfico e histórico con imágenes audiovisuales. Por su lado, el grupo reducido cumple su objetivo, no sin mojarse en el último tramo de ascenso del barraco como precio bien pagado de su atrevimiento, a lo que se añade la imposibilidad de ver el museo; otra vez será.

El martes amanece con ligeras nieblas debajo de las cumbres de Pineta, que no engañan sobre el esplendido día de sol que se avecina. Como inevitablemente nos espera la vuelta a Madrid, se decide subir al pico de Mondoto, tras una subida no muy larga desde el pueblo de Nerín, ascendiendo por una pala inclinada que termina en un espolón que se desploma en vertical sobre el cañón de Añisclo, muy abajo. Mirando hacia el noroeste nos encontramos con Las Tres Sorores del Parque Nacional de Ordesa, en una vista de espalda de la visión que tuvimos el primer día.

Ya solo queda la rápida bajada a los coches y la peregrinación en busca de un sitio común donde comer juntos, charlar y despedirnos. Pero la fortuna no está en este día de nuestro lado y, tras agotar infructuosamente el último intento en el pueblo de Sarvisé, la comitiva Peñalara se disuelve hasta la próxima, no sin antes dejarnos en la memoria estos días de montaña y grata compañía.

Juan Manuel García Blázquez.     

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