Crónica Salida al Parque de Soba (Cantabria). 21-23 de octubre de 2022

La salida del Grupo de Excursionismo al Parque de Soba este fin de semana ha tenido un poco de todo, demostrando una capacidad de concienzuda planificación y de rápida y creativa improvisación. Y es que los 9 peñalaros que viajamos tuvimos que adaptarnos a los elementos, y de qué manera.


Pero no nos adelantemos y empecemos por el principio, que suele ayudar. En este caso el inicio fue adentrarnos en un rincón de Cantabria, el valle de Soba, que no conocíamos la mayoría. Algunos ni de oídas, por lo que no queda sino pedir humildemente disculpas. Los valles verdes que nos rodearon, desde nada más cruzar el Portillo de la Sía, son una belleza y hacen bueno el feliz eslogan de “Cantabria infinita”. En San Martín de Soba nos esperaba el albergue La Incera, que, permitidnos el “publicherry”, fue otra estupenda sorpresa, lleno de detalles y con dos anfitriones de verdadero lujo. 

La primera ruta prevista para el sábado era una circular por el Parque Natural Collados de Asón. Sin ser una ruta larga (15 kilómetros y un desnivel acumulado de 950 metros), el camino iba cambiando de paisaje de manera sorprendente. Después de una subida inicial suave, nos adentramos en el “el laberinto de Asón”, un camino entre altísimas paredes de roca que, además de ofrecernos a cada paso un nuevo encuadre, nos iban enseñando y escondiendo los valles. Y nos iban resguardando y exponiendo de sopetón a un viento que cada vez soplaba más fuerte. De caminar entre rocas y hasta entrar en una imponente cueva, pasamos a adentrarnos en un hayedo frondoso, donde solo algunos árboles se guiaban por el almanaque y amarilleaban algo el paisaje, mientras la mayoría seguían cargados de hojas verdes. El verano que no termina. Cuando comenzamos a subir hacia la porra de la Colina (no confundir con Porracolina) pensamos seriamente en meternos algunas piedras en los bolsillos. El viento soplaba ya con porfiada desfachatez. Lo bueno de la ventolera es que el cielo estaba despejado, lo que nos permitió disfrutar al llegar a la porra, como llaman a la meseta en la que termina la Colina, de un paisaje espectacular, entre el mar casi cercano, con Santander, Laredo y Santoña ahí mismo, y los collados por todas partes.

Unos minutos antes de que alguien saliera volando, decidimos empezar a bajar, iniciando el regreso por el valle, pasando junto a antiguas cabañas y adentrándonos en otro hayedo donde comimos observados por algunas vacas, siempre indiferentes a esos bípedos vestidos de colorines que de pronto aparecimos en su terreno.

Como llegamos temprano al punto de partida, tras la casi obligatoria cervecita (uno pidió un café con sobao pasiego…) aún nos dio tiempo para pasear hasta el nacimiento del río Gándara y asomarnos a unos curiosos miradores no aptos para gente con vértigo.

Ya antes de la cena, la prudente Arantxa nos había anunciado que el plan del domingo, con una subida no muy comprometida al Castro Valnera, pero sí muy expuesta, no resultaba nada aconsejable con el viento que se anunciaba. Y por si no lo teníamos claro, en el centro de interpretación del Parque Natural nos quitaron cualquier atisbo de duda. Y si el viento no permitía andar cresteando alegremente, qué decir de meterse a caminar por un bosque con el peligro de que cayera alguna rama.

La mañana del domingo amaneció como la esperábamos, lluviosa y con un viento malencarado. Pero haciendo de la necesidad virtud, reconvertimos el plan, y acabamos teniendo una mañana estupenda. Primero visitamos el Monumento natural de Ojo Guareña, un conjunto de cuevas horadadas por el río Guareña en la montaña caliza que acumula más de 110 kilómetros de corredores en seis niveles de altura, lo que la convierte en el sistema kárstico más grande de la península ibérica. Por desgracia, la visita para el público apenas recorre unos cuatrocientos metros, eso sí, ataviados con una parafernalia de cascos como para alucinarnos espeleólogos. Pero pese a que ni nos asomamos a las simas, el recorrido merece la pena con su final en la capilla de san Tirso y san Bernabé, que nos permitió admirar unas pinturas en los techos de la cueva de inicios del s. XVII realmente impresionantes.

De vuelta a los coches seguimos atravesando las Merindades para entrar en la esquina de Cantabria donde está la colegiata románica de san Martín de Elines, y de ahí enfilamos hacia Orbaneja del Castillo, ya en Burgos. Si el recorrido serpenteante junto a los meandros del Ebro es espectacular, con unos riscos imponentes que, como almenas, parecen vigilarnos a lo largo de todo el camino, la llegada a Orbaneja es otra preciosa sorpresa. Una cascada que, pese a la sequía, sale de debajo del mismo pueblo derramando además que agua, hermosura. También la belleza del norte de Burgos parece infinita…

Al final, el viento que sopló todo el fin de semana lo hizo a nuestro favor en ese último tramo del viaje y hasta encontramos sitio para comer a la primera. Domingueros con suerte… Cargamos algunas provisiones de rosquillas de anís y sobaos caseros en el puesto de delicatesen del pie de la carretera, que encima desafió toda la mañana al temporal, y nos despedimos encantados del plan que nos acabó saliendo y pensando ya en la próxima salida a las Batuecas. 

Texto: José Antonio Hernández

Fotos: Inmaculada Delgado, José Antonio Hernández y Manuel Rojo

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