Murió Miguel Tébar

Hay muertes próximas y lejanas y todas, siendo lo mismo, son inevitablemente distintas. La del sábado fue muy cercana y dañó a muchos, en distinto grado, pero a muchos y con insólita profundidad.


Murió Miguel Tébar, un amigo cabal, bueno y de los necesarios para que el mundo mejore. Murió en plenitud, fuerte y feliz, mientras escalaba en la punta María Luisa de los Galayos de Gredos, en un accidente impensable pero real, rodeado de compañeros de Peñalara que participaban en la cita anual de la Galayada. Una mala caída y un desgraciado impacto acabaron con una vida que quizás no éramos tan conscientes, deslumbraba a los cercanos por su integridad y buen estilo.

Miguel era librero y editor, ¿hay oficio más noble?, y por ello sembrador de cultura y felicidad. Miguel venía de familia montañera, su padre y su tío habían sido amantes del monte y el Guadarrama, y el escultismo le mostro de joven cuánta belleza y bienestar anida ahí fuera. Caminante y explorador, muchas veces solitario o con sus amados perros, recorrió impenitente miles de rincones de nuestros montes.

A Peñalara llegó luego, ya hecho como montañero, y empezó a mirar más y más alto, mientras su vida se recomponía con su querida Manuela y en el club se le pedía un colaboración que su proverbial generosidad nunca negó.

Yo le encontré en la directiva saliente de Hurtado y les fiche a los dos, Manuela y Miguel. Miguel, que era el que más participaba en las reuniones, el trabajo se lo repartían los dos, se mostró como una columna que aseguraba cultura, trabajo, amistad y lealtad y descubrí en él una inusual bondad y una creciente ilusión por las cimas y las letras. Eran dos joyas que irradiaban el mejor estilo, el que deseaba para la nueva Junta.

Y así fue. Toda nuestra amplia y valiosa biblioteca fue fichada y admirablemente organizada; era este un objetivo que se resistía desde hacía décadas...; la revista empezó a ser menos deficitaria por sus gestiones en el mundo editorial; los nuevos libros, los que editamos durante estos ocho años, del orden de media docena, llegaban a su cita puntuales y con una facilidad asombrosa, pues Miguel hacía su labor callada y eficazmente.

El patrimonio documental, fotos, libros de cimas o de viejos refugios, etc..., estaba todo inventariado y localizado.

Gracias a todo ello, y tomada conciencia de lo que teníamos, fuimos conscientes de que era un riesgo irresponsable permitir que un accidente doméstico pudiera malbaratar ese patrimonio, por lo que Miguel emprendió largas y arduas gestiones con la Biblioteca Regional de la Comunidad de Madrid, donde logró que hoy la "Colección Peñalara" sea una realidad, la cual está siendo digitalizada, guardada, e inventariada para ponerla a disposición de toda la sociedad.

Así fue el Miguel Tébar, y Manuela, en su papel de vocales de Biblioteca y Documentación. En su papel de miembro de la Junta Miguel era solidez, sensatez, simpatía y sosiego.Organizaba además, junto a su entrañable amigo Pepe Ynat, unas magníficas salida de semana al Pirineo que nos han hecho gozar de momentos inolvidables.

Y poco a poco era más y más alpinista. Con seriedad, como hacía todo. Acudió a cursos, se fue comprando material técnico y pronto le vimos escalando y haciendo grandes travesías de esquí.

Miguel Tébar era ya un buen alpinista, pues tenía ilusión y capacidad y era, además, un elemento esencial en el mundo de Peñalara, pues su mera presencia aseguraba, sin pretenderlo y sin hacer nada especial, buen ambiente y armonía.

Pero llegó el sábado y Miguel se marchó.

Todos me dicen que estaba exultante y feliz. Sus hijos, dos hombres ya, con la bonita mirada clara de su padre, nos han dicho que Miguel estaba enormemente contento e ilusionado en estos últimos años con la montaña y el club, y que se lo digamos a todos... Así lo hago ahora...

Pero ese sábado el vacío y la orfandad nos llegaron como una cuchillada cruel y fría. Miguel Tébar ya no nos alegrará la vida con su sonrisa, su mirada y su nobleza.

Sí nos la alegrará su ejemplo y su recuerdo.

Pedro Nicolás Martínez

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